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Disonancia:

El enmascarado iba tan rápido como podía hacia aquella fuente de poder.​​​ 

 

Tras tres generaciones de Guardianes, se había visto envuelto en contiendas entre dioses y titanes, negociado en reinos de diferentes planos, e incluso en favores personales que, aunque minúsculos en apariencia, tenían para él el mismo valor que cualquier tratado cósmico. Y aún así, nada le había preparado para los Empíreos.

 

Nunca había visto algo semejante. Que pudieran escapar incluso al Concepto del Conocimiento —una vieja amiga suya, igual en esencia al propio Equilibrio— era una señal alarmante.


Por primera vez, dudaba.


¿Su sueño era acaso imposible? ¿Había logrado razonar con monstruos más caóticos que estos? ¿Incluso con quienes advocaban por el Orden?

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Los Empíreos eran criaturas nacidas en los huecos entre los planos y la nada. Así se les llamó en Versum. Horrores cósmicos, una colmena consciente, que se filtraban por fisuras del tejido universal para devorarlo todo.

 

Su aparición en aquel mundo fue silenciosa, mas poco a poco se abrían más y más grietas espaciales que drenaban la vida del paisaje. Las zonas tocadas por esta influencia quedaba gris, sin color, sin alma.

Primero despertaron deidades olvidadas —de culturas muertas— y las corrompieron, sembrando caos donde antes solo había ruina.

Luego, incluso otras más recientes fueron cautivadas por la idea del fin.

Finalmente, tomaron un continente entero: Glienia y Zaprea, naciones hermanas que murieron guerreando entre sí, incapaces de alcanzar un acuerdo.

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Y fue entonces, siguiendo su rastro hasta ese continente, cuando llegó el día en que Versum cayó en jaque mate.

 

Los Guardianes fueron separados, esparcidos como piezas rotas de una defensa que había sido perfecta.

Siegfried Über del Orden e Igneel de la Eternidad intentaron proteger el Santuario Carmesí, una fortaleza flotante que acabó derribada bajo la presión de las grietas.


Lanx del Caos luchó contra la constelación prohibida de Cetus, enviada por Ofiuco para desgarrar el plano material, o para simplemente entretenerlo.​​

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Daymon del Fin resistió con todas sus fuerzas en Los Tronos de Versum.

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Y Vermilion, acompañado por un equipo improvisado —los ángeles Azrael, Azazel y la diosa de la retribución, Adrestia— marchó hacia Zaprea.

Pero lo que aguardaba allí… fue peor que cualquier cálculo.
Una deidad corrupta cuyo nombre es mejor no repetir los dejó malheridos, física y mentalmente, a pesar de la victoria.


Vermilion, forzado a proteger a los suyos, abrió un portal para que escaparan…

Y siguió su camino solo, hacia Glienia. Lo que allí acontecía no podía esperar a que los Guardianes se reagruparan.

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De allí emanaba el poder.
Un comandante de los Empíreos lo esperaba.

Y alguien más.

​

​

Génesis:

Glienia ya no respiraba.
La nación que una vez albergó sueños, templos y tratados, yacía muda bajo un cielo agrietado.
Allí, en su corazón roto, esperaban Ofiuco y Nihilus.

​

Cuando Vermilion cruzó sus ruinas, supo que era una trampa.
Y aun así, avanzó.

La barrera descendió como una cúpula sin luz. No hubo sonido, ni explosión.
Solo la certeza inmediata: no podría salir.
Tampoco entrarían refuerzos.

​

En ese instante, la Ley del Equilibrio Absoluto —esa fuerza que había puesto fin a guerras cósmicas— quedó fuera de su alcance.
Demasiado tarde.

​

Desenvainó lo único que le quedaba: un filo de energía roja, nacido de su guantelete.
No era suficiente.

​

Ofiuco, la constelación renegada, habló poco.
Nihilus, en cambio, danzaba en su propio arte: la manipulación del espacio y la gravedad, distorsionando cada intento de movimiento.


No lo atacaban por furia.
Lo hacían como quien desmonta un monumento que estorba al nuevo orden.

​

Desde fuera, Uber del Orden y Lanx del Caos llegaron cuando ya no había entrada.
Solo podían mirar.

No escucharon gritos, ni choques, ni imploraciones.


Solo la figura de Vermilion, inmóvil, resistiendo hasta que su silueta cayó en rodillas, y luego…
El fulgor de la máscara.
La última luz.
Y luego nada.

​

Ese fue el día en que Vermilion murió.
El día que marcó el fin de una era de Guardianes.

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